James Baldwin sobre el papel de las y los artistas

James Baldwin (1924-1987) Autor de un sinnúmero de novelas, cuentos, poemas y ensayos, James Baldwin fue un prolífico escritor afroamericano del siglo XX. Una referencia cultural, Baldwin fue también un importante activista en el movimiento de los derechos civiles y en la lucha contra la discriminación y la homofobia en Estados Unidos. En los diferentes estilos, el escritor abordó temas como la masculinidad, sexualidad, raza y clase, forzando una sociedad conservadora a debatir o reflexionar. Fue una de las principales figuras que dio la voz al pueblo afroamericano para que expresara la injusticia y opresión que sufría. En este extracto del ensayo «El Proceso Creativo», Baldwin escribe sobre el papel de los artistas en la sociedad.

ABRE COMILLAS


Todas las sociedades han batallado contra ese incorregible perturbador de la paz que es el artista.

Yo dudo que las sociedades futuras se lleven mejor con él. Todo el propósito de la sociedad es, literalmente, crear un baluarte contra el caos interno y externo, de manera que la vida sea soportable y la especie humana pueda sobrevivir. Y es absolutamente inevitable que cuando una tradición evoluciona, sea cual sea, la gente en general asuma que la misma existía desde el inicio de los tiempos, y sea reacia o incluso incapaz de concebir un cambio en ella.

Las personas no saben cómo vivir sin las tradiciones que les han dado su identidad. Su reacción, cuando se les sugiere que pueden o deben cambiar, es de pánico. Y vemos este pánico, creo yo, en todas partes hoy en día, de las calles de Nueva Orleans a los espeluznantes campos de batalla en Argelia. Un mayor nivel de conciencia en el pueblo es nuestra única esperanza de minimizar los daños humanos, ahora y en el futuro.

El artista se distingue de los otros actores responsables de la sociedad – políticos, legisladores, educadores, científicos, etc. – por el hecho de ser su propio conejillo de indias, su propio laboratorio, haciendo su trabajo de acuerdo a reglas muy rigurosas, aunque no siempre expresadas; y no puede permitir que ninguna consideración se sobreponga a su responsabilidad de revelar todo lo que logre descifrar acerca del misterio que es el ser humano.

La sociedad tiene que aceptar algunas cosas como reales; pero el artista tiene que saber que esa realidad visible esconde otra más profunda, y que todas nuestras acciones y todos nuestros logros se sostienen en lo desconocido.

Una sociedad se tiene que asumir como estable, pero el artista debe saber, y hacernos saber, que no hay nada estable bajo el cielo.

Uno no puede construir una escuela, enseñar a un niño, o manejar un carro sin asumir ciertas cosas. El artista no puede y no debe asumir nada, sino ir al corazón de cada respuesta y exponer la pregunta que la respuesta esconde.

Pareciera que estoy haciendo postulados extremadamente grandilocuentes para una casta de hombres y mujeres históricamente despreciados en vida y aclamados una vez muertos. Sin embargo, en cierto modo, el honor retrasado que las sociedades otorgan a sus artistas prueba el argumento que intento plantear. Realmente busco aclarar la naturaleza de la responsabilidad del artista para con su sociedad.

La naturaleza peculiar de esta responsabilidad es que el artista nunca puede dejar de enfrentarse con la sociedad, por el bien de ambos. La verdad, a pesar de las apariencias y de todas nuestras esperanzas, es que todo cambia permanentemente, y la medida de nuestra madurez como naciones y como humanidad es qué tan bien estamos preparados para enfrentar estos cambios y, además, para usarlos en nuestro bienestar.

Ahora, cualquier persona que se haya visto obligada a reflexionar sobre esto – por ejemplo, cualquier persona que se haya enamorado – sabe que la única cara que uno no puede ver es la de uno mismo. El amante de uno – o el hermano, o el enemigo – ve la cara que uno se pone, y esta cara puede generar las reacciones más extraordinarias. Hacemos lo que hacemos, sentimos lo que sentimos, esencialmente porque debemos, somos responsables por nuestras acciones, pero raramente las entendemos.

Resulta obvio decir, en mi opinión, que si nos comprendiéramos mejor, nos haríamos menos daño a nosotros mismos. Pero la barrera entre uno mismo y el conocimiento de uno mismo es realmente alta. ¡Hay tantas cosas que uno preferiría no saber!

Nos convertimos en criaturas sociales porque no podemos vivir de otra forma. Pero para volvernos seres sociales, hay muchas otras cosas que debemos evitar, y vivimos asustados por esas fuerzas interiores que amenazan todo el tiempo nuestra precaria seguridad. Sin embargo, las fuerzas están ahí, no podemos deshacernos de ellas. Lo que podemos hacer es aprender a vivir con ellas. Y no podemos aprender esto si no estamos dispuestos a decir la verdad sobre nosotros mismos, y esa verdad siempre choca con lo que quisiéramos ser.

El esfuerzo humano consiste en juntar estas dos realidades en una relación aparentemente conciliatoria. Los seres humanos que más respetamos – y en ocasiones a los que más tememos – son los que están más profundamente involucrados en este esfuerzo delicado y agotador: son los que tienen la autoridad inquebrantable que proviene únicamente de haber enfrentado y sobrevivido a lo peor.

Las naciones más sanas son las que tienen la menor necesidad de desconfiar, marginar o victimizar a esas personas que, como he dicho, honramos una vez muertas porque, en alguna parte de nuestros corazones, sabemos que no podemos vivir sin ellas.



ABRE COMILLAS es una columna que recoge citas, transcripciones y fragmentos textuales en donde importantes actores reflexionan en torno a una producción cultural alternativa.

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