Eduardo Galeano sobre la sociedad de la incomunicación

Eduardo Galeano (1940-2015) es una figura ineludible de la literatura latinoamericana del siglo XX. Escritor, periodista y amante del fútbol, Galeano fue también un hombre de fuertes convicciones de izquierda a lo largo de toda su vida. Esta perspectiva está patente en obras, como La Memoria del Fuego o Las Venas Abiertas de América Latina. Sus posiciones y escritos motivaron una fuerte hostilidad y censura por parte de las dictaduras que surgieron en el Cono Sur por lo que Galeano se vio forzado a abandonar Uruguay durante más de una década. Aunque más conocido por su huella literaria, Galeano siempre estuvo involucrado en proyectos periodísticos, desde la Revista Marcha (Argentina) hasta TeleSUR. En el ensayo a continuación, el intelectual uruguayo reflexiona sobre la creciente concentración de los medios en manos del gran capital, las consecuencias para la (falta de) diversidad cultural, y la «incomunicación» a la que acaban sometidas las grandes mayorías.

ABRE COMILLAS


El mundo nunca ha sido tan desigual económicamente ni tan igualizador en cambio en relación con las ideas y la moral. Hay una uniformidad obligatoria, hostil a la diversidad cultural del planeta. La nivelación cultural ni siquiera puede medirse. Los medios de comunicación de la era electrónica al servicio de la incomunicación humana están imponiendo la adoración unánime de los valores de la sociedad neoliberal.

La propiedad de los medios masivos se concentra más y más en pocas manos

Jamás la tecnología de las comunicaciones estuvo tan perfeccionada; y sin embargo nuestro mundo se parece cada día más a un reino de mudos. La propiedad de los medios masivos se concentra más y más en pocas manos; los medios dominantes están controlados por un puñado de poderosos que tienen el poder para dirigirse al mayor número de ciudadanos a través del planeta. Nunca antes tantos hombres fueron mantenidos en la incomunicación por un grupo tan pequeño.

El número de aquellos que tienen derecho a escuchar y a mirar no cesa de aumentar, mientras que se reduce vertiginosamente la cantidad de los que poseen el privilegio de informar, de expresarse, de crear. La dictadura única, impone en todas partes un mismo modo de vida, y confiere el título de ciudadano ejemplar al consumidor dócil, a escala planetaria, con arreglo a un modelo propuesto para la televisión comercial norteamericana.
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En ese mismo mundo sin alma que nos presentan los medios como el único posible, los mercados han sustituido a los pueblos; los consumidores a los ciudadanos, las empresas a las naciones y a las ciudades. Las competencias comerciales a las relaciones humanas. Nunca antes la economía mundial fue tan poco democrática, y jamás el mundo más escandalosamente injusto. Las desigualdades, según las cifras de las Naciones Unidas y el Banco Mundial, se han duplicado.

Ese mundo de finales de siglo, paradisíaco para algunos e infernal para la mayoría está marcado con hierro rojo por una paradoja. En primer lugar, la economía mundial necesita un mercado en perpetua expansión para que las tasas de beneficio no se desplomen. Al propio tiempo precisa, por idénticas razones, de brazos que trabajen a precios de miseria en los países del Sur y del Este.

La televisión se encarga de transformar en necesidades reales las demandas artificiales que el Norte inventa sin cesar y que expande exitosamente en todo el mundo.

Segunda paradoja, corolario de la primera: el Norte dicta, de manera cada vez más autoritaria, órdenes a esos países del Sur y del Este para que importen y consuman más, pero lo que en ellos se multiplica son las mafias, la corrupción y la inseguridad. Las neo-sociedades de consumo emiten mensajes de muerte. La varita mágica de los créditos, la deuda externa que se hincha hasta la explosión permite procurar nuevos productos inútiles a la mayoría de los consumidores. La televisión se encarga de transformar en necesidades reales las demandas artificiales que el Norte inventa sin cesar y que expande exitosamente en todo el mundo. Incluso, en las heladas aguas del mercado, los náufragos son más numerosos que los que disfrutan de la travesía.

Para los millones de jóvenes del Sur condenados al desempleo o a salarios de miseria, la publicidad no estimula la demanda sino la violencia. Los medios lo repiten sin cesar: «Quien no tiene nada no es nadie. Quien no tiene un auto o zapatos de marca no existe, es un deshecho». Así se les impone el culto al consumo a millones de alumnos en la escuela del crimen.


La televisión propone un servicio completo. El crimen es el espectáculo más preciado de la pequeña pantalla. «Golpea antes de que seas golpeado», aconsejan los juguetes electrónicos. «Estás solo, no cuentes más que contigo mismo»… «Tú también puedes matar»…

Todavía la pobreza suscita pena, pero cada vez menos indignación; se expande la idea de que los pobres son resultado del azar o el fruto de la fatalidad

Los medios dominantes presentan la actualidad como un espectáculo fugaz, ajeno a la realidad, vacío de memoria; ayudan a ahondar en las desigualdades. Todavía la pobreza suscita pena, pero cada vez menos indignación; se expande la idea de que los pobres son resultado del azar o el fruto de la fatalidad. Hace 20 años se percibía la pobreza como consecuencia de la injusticia, pero ahora «es el justo castigo que merece la ineficiencia» o «una manifestación del orden natural de las cosas».
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Carros invencibles, jabones portentosos, perfumes excitantes, analgésicos mágicos: a través de la pequeña pantalla el mercado hipnotiza al ciudadano consumidor. Pero a veces entre spot y spot, la televisión coloca algunas imágenes de hambruna y de guerra. Esos horrores, esas fatalidades, llegan de otro mundo, del infierno, y sólo subrayan el carácter paradisíaco de la sociedad de consumo.
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Otro tanto cabe decir con las imágenes de guerra. Se silencia también la herencia colonial; idéntica impunidad para los inventores de las falsas fronteras que desgarraron a Africa en más de 50 pedazos. Y para los traficantes de muerte del norte, vendedores de armas que atizan las guerras en el sur.


Los amos de la información, en la era de la informática, llaman comunicación al monólogo del poder. La libertad de expresión universal consiste en actuar de manera que la periferia del mundo obedezca a las órdenes que emite el centro sin tener derecho a rechazar los valores impuestos por éste. La clientela de las industrias culturales no tiene fronteras; es un supermercado de dimensión mundial donde el control social se ejerce a escala planetaria.

Tal es el espejo engañoso que enseña a los latinoamericanos a mirarse con los ojos de aquellos que les desprecian y los condiciona a aceptar como destino una realidad que los humilla. La ofensiva envilecedora de la incomunicación nos obliga a medir la importancia del reto cultural. Hoy, más que nunca, hay que asumir ese reto cuando los medios, en este final de siglo, quieren persuadirnos de que hay que abandonar la esperanza como quien deja un caballo exhausto.



ABRE COMILLAS es una columna que recoge citas, transcripciones y fragmentos textuales en donde importantes actores reflexionan en torno a una producción cultural alternativa.

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