John Reed, el periodista revolucionario

John Reed

Hace 100 años falleció John «Jack» Silas Reed, periodista, poeta y comunista incorregible que relató algunos de los eventos más estremecedores de principios del siglo XX.

Reed nació el 22 de octubre de 1887 en una familia de clase media-alta en la ciudad de Portland (costa oeste de EEUU). Por insistencia de su padre, fue a estudiar en la Universidad de Harvard, donde participó en actividades estudiantiles y tuvo sus primeros contactos con el socialismo.

Tras un periodo viajando, Reed se estableció como periodista en Nueva York, escribiendo para varios medios y revistas. Su cobertura y participación en huelgas obreras en ese período de efervescencia contribuyeron a consolidar sus posiciones políticas.

Sin embargo, el periodista dejó huella por su trabajo cubriendo eventos fuera de EEUU. En 1913, la revista Metropolitan lo envió a México para cubrir la Revolución Mexicana.

México Insurgente

John Reed estuvo cuatro meses entre las tropas revolucionarias de Pancho Villa en el norte de México, presenciando la importante victoria en Torreón. Los relatos que telegrafió conformaron la obra “México Insurgente”.

Siendo un joven norteamericano, y además alto, era muy difícil para Reed pasar desapercibido. Pero durante semanas comió, bebió, compartió y enfrentó los mismos peligros que los soldados de la llamada “División del Norte”. A pesar de no descartar las anécdotas y su experiencia personal, nunca perdió de vista quiénes eran los protagonistas de la historia que contaba.

John Reed

John Reed tiene el mérito de nunca haber ocultado con cuál lado de la historia se identificaba sin que eso haya hecho su escritura sesgada. Al mismo tiempo, tuvo el cuidado de no exagerar la épica que estaba presenciando, manteniendo una ligereza y hasta humor en su relato. Ese estilo se puede apreciar en este extracto sobre la toma de Ciudad Juárez:

“Villa se encontró con que no disponía de bastantes trenes para transportar a todos sus soldados, aun cuando había tendido una emboscada y capturado un tren de tropas federales, enviado al sur por el general Castro, comandante federal en Ciudad Juárez. De modo que telegrafió a dicho general, firmando con el nombre del coronel que mandaba las tropas del tren, lo siguiente:

Locomotora descompuesta en Moctezuma. Envíe otra y cinco carros.

Castro, sin sospechar, despachó inmediatamente otro tren. Villa le telegrafió entonces:

Alambres cortados entre Chihuahua y este lugar. Se acercan grandes grupos de fuerzas rebeldes por el Sur. ¿Qué debo hacer?

Castro contestó: Vuélvase de inmediato.

Villa obedeció, telegrafió alegremente desde cada estación que pasaba. El general federal fue informado del viaje hasta como una hora antes de la llegada, que esperó sin avisar siquiera a su guarnición. De tal suerte que, fuera de una pequeña matanza, Villa tomó Ciudad Juárez casi sin disparar.”

Con buenos instintos periodísticos, Reed presintió que se iba creando una brecha entre la visión de Pancho Villa y la de las altas figuras constitucionalistas, entre ellas Venustiano Carranza. Sin embargo, la lealtad de Villa lo hizo contemplar la mera duda como una afronta. La historia vendría a confirmar que las dudas de Reed tenían su razón de ser.

Contra la guerra

En 1914, Reed fue enviado a Europa como corresponsal para cubrir la Primera Guerra Mundial. En Francia, el periodista se frustró con la censura y la imposibilidad de reportar desde el frente, y tuvo más suerte en Europa del Este.

No obstante, John Reed veía de forma muy crítica cómo el nacionalismo se sobreponía a la solidaridad obrera, en medio del colapso de la Segunda Internacional. El ejemplo más paradigmático fue el de Alemania, y Reed tuvo la oportunidad de visitar Berlín y hablar con Karl Liebknecht, una de las pocas voces contra la guerra en la izquierda alemana.

John Reed

Aunque Liebknecht no haya revelado mucho en la entrevista, Reed escribiría sobre el tema años más tarde.

“Pero fue el gobierno [social-demócrata] de Ebert-Schneidemann, los “socialistas del Kaiser”, odiados desde siempre en la prensa capitalista de los países aliados que, al suprimir la revuelta de la clase obrera alemana con apoyo de las tropas del Kaiser, permitió que la turba disparara a Karl Liebknecht por la espalda y matara a Rosa Luxemburgo a golpes. Y la prensa capitalista aplaude…”

Nuevamente en EEUU, Reed conoció a Louise Bryant, quien se convertiría en su compañera de vida y de luchas. Su actividad se volcó a oponerse a la entrada de su país en la guerra, declarada por Woodrow Wilson en 1917. Pero asombrados por el espíritu pro-guerra de la sociedad estadounidense, Bryant y Reed partieron en agosto de 1917… hacia Petrogrado.

Diez días que estremecieron al mundo

La obra más “inmortal” de John Reed fue la que escribió en los últimos meses de 1917. En Petrogrado, el periodista fue testigo de la Revolución de Octubre, y su obra “Diez días que estremecieron al mundo” quedó como uno de los relatos más indispensables de ese período. El propio Lenin lo llamó “la exposición más veraz y vívida de la Revolución”.

En la vieja capital del imperio ruso, Reed vivió un período de extraordinaria efervescencia. Fue testigo del agotamiento del gobierno provisional de Kerensky, el efecto devastador de la guerra, y el ascenso de los Bolcheviques, en particular en el Soviet de Petrogrado. El periodista ofreció un relato de los álgidos debates y la gradual conquista de la mayoría, hasta el regreso de Lenin que marcó la orientación decisiva hacia el triunfo bolchevique con la toma del Palacio de Invierno el 7 de noviembre de 1917.

John Reed

En las palabras de Reed no esconde su alegría y su percepción de la magnitud de lo que acababa de presenciar:

“Fue así como Lenin y los obreros de Petrogrado llevaron a la victoria la insurrección, y el Soviet de Petrogrado derrocó al Gobierno provisional y colocó al Congreso de los Soviets ante el hecho consumado del golpe de Estado. Ahora se trataba de ganar a toda la inmensa Rusia, ¡y después al mundo!”

El testimonio de Reed ofreció una ventana única a las semanas que siguieron al triunfo bolchevique, relatando las dificultades y amenazas contrarrevolucionarias, pero también el enorme entusiasmo que se vivía. Del periodista norteamericano vino también una mirada de cerca del líder histórico de la Revolución Rusa:

Eran las ocho y cuarenta exactamente cuando una tempestad de aclamaciones anunció la entrada del Buró, con Lenin, el gran Lenin. […] Aunque no se prestaba mucho, físicamente, para ser el ídolo de las multitudes, fue querido y venerado como pocos jefes en el curso de la historia. Un extraño jefe popular, que lo era solamente por la potencia del espíritu. Sin brillo, sin humor, intransigente y frío, sin ninguna particularidad pintoresca, pero con el poder de explicar ideas profundas en términos sencillos, de analizar concretamente las situaciones, y dueño de la mayor audacia intelectual.”

Reed regresó a EEUU en abril de 1918, pero fue constantemente perseguido por la justicia norteamericana por su oposición a la guerra y defensa de los Bolcheviques. Dos años más tarde volvió a Petrogrado, luego de un viaje atribulado y meses detenido en Finlandia. Trabajando en el Comintern, su objetivo era establecer un partido comunista en EEUU. Pero con su salud ya deteriorada, Reed contrajo tifus y falleció el 17 de octubre de 1920, con apenas 32 años.

John Reed fue enterrado en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin junto a otros héroes de la Revolución, un honor y un justo reconocimiento de su internacionalismo revolucionario.

John Reed

Investigación y textos: Ricardo Vaz. Ilustraciones: César Mosquera.

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