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Victor Papanek sobre la estética en el diseño

Victor Papanek (1923-1998) fue un diseñador austríaco, uno de los más grandes impulsores de la idea de un diseño socialmente responsable. Papanek concebía el diseño como un sistema que debía conjugar sus distintas ramas y como una potente herramienta política. Fue además, uno de los grandes exponentes del diseño ecológico. Su libro de 1971 “Diseñar para el mundo real“ se ha vuelto un referente teórico indispensable, siendo editado en más de 20 idiomas. A continuación, reproducimos un fragmento del capítulo “¿Qué es el diseño?“

ABRE COMILLAS


Aquí vive el artista tradicionalmente barbudo, figura mitológica portadora de un mito, provisto de sandalias, una amante, una buhardilla, un caballete, persiguiendo sus dibujos envueltos en ensueños.

La nube de misterio que envuelve a la estética puede y debe dispersarse. La definición del diccionario, «teoría de la belleza en el gusto y en el arte», nos deja prácticamente como estábamos. Sin embargo, sabemos que la estética es una herramienta, una de las más importantes del repertorio del diseñador, una herramienta que le ayuda a configurar sus formas y colores hasta obtener entidades que nos conmueven, que nos agradan, y son hermosas, excitantes, llenas de encanto y significativas. Como no se dispone de ningún criterio para el análisis de la estética, se la considera como una simple expresión personal, cargada de misterio y rodeada de disparates. «Sabemos lo que nos gusta» o nos disgusta y con eso nos conformamos. Los propios artistas empiezan a contemplar sus obras como si fueran recursos autoterapéuticos de expresión propia, confunden la licencia con la libertad y se olvidan de toda disciplina. Con frecuencia son incapaces de ponerse de acuerdo respecto a los diversos elementos y atributos de la estética del diseño. Si comparamos «La última cena» de Leonardo da Vinci con un papel de pared corriente comprenderemos cómo operan ambos en el campo de la estética. En la obra del llamado arte «puro», la misión principal es actuar a nivel de inspiración, encanto, belleza, catarsis… en resumen, servir de instrumento de comunicación propagandística para la Santa Iglesia en una época en la que la mayor parte de la población era analfabeta y tenía, además, pocas oportunidades de recibir estímulos no verbales. Pero «La última cena» tenía también que cumplir con otra exigencia de la función; dejando aparte lo espiritual, su utilidad era la de cubrir una pared. En cuanto al método, tenía que relejar el material (pigmento y medio), utensilios (pinceles y espátulas) y procedimiento (las pinceladas en particular) seguidos por Leonardo. Tenía que cubrir la necesidad humana de satisfacción espiritual. Y tenía que actuar en los planos asociacional y telésico, proporcionando referencias de la Biblia. Finalmente, a través de estereotipos tales como el tipo racial, atuendo y postura del Salvador, debía facilitarle al espectador la identificación mediante asociación.

Versiones más tempranas de «La última cena», pintadas en los siglos VI y VII, mostraban a Cristo acostado o reclinado en el lugar de honor. Durante cerca de cuatrocientos años las personas bien educadas no se sentaban a la mesa. Leonardo da Vinci hizo caso omiso de la postura reclinada seguida por anteriores civilizaciones y pintores de Cristo y sus discípulos. Para conseguir que «La última cena» resultara aceptable en un plano asociacional a los italianos de la época, Leonardo colocó a todos sentados a la mesa de la última cena, en sillas o bancos, en la posición propia de la época del autor. Desgraciadamente, el relato bíblico de que San Juan reposaba la cabeza en el pecho del Salvador planteó al artista un problema de colocación, irresoluble una vez que todos se hallaban sentados de acuerdo con las costumbres renacentistas.

Por otra parte, el uso primordial de un papel de pared es el de cubrir una pared. Pero la creciente variedad en texturas y colores que facilita la fábrica demuestra que también el empapelado debe cumplir el aspecto estético de la función. Nadie pone en duda que en una obra de arte como «La última cena» el énfasis funcional primordial yace en la estética, siendo subsidiaria su utilización (cubrir una pared). La tarea principal del papel es cubrir una pared y su valor estético asume una función claramente secundaria. Pero ambos ejemplos han de actuar en las seis áreas del complejo funcional.

Con frecuencia los diseñadores intentan rebasar las exigencias funcionales primarias de método, utilización, necesidad, telesis, asociación y estética y se esfuerzan por alcanzar una expresión más concisa: precisión, simplicidad. En una expresión así concebida hallamos una cierta satisfacción estética comparable a la que se encuentra en la espiral logarítmica de un nautilus, en la elegancia del vuelo de la gaviota, en la firmeza de un tronco de árbol nudoso, en los colores de una puesta de sol. La particular satisfacción derivada de la simplicidad de una cosa puede denominarse elegancia. Cuando hablamos de «una solución elegante» nos referimos a algo elaborado conscientemente por hombres que reducen lo complejo a lo simple.

Servirá un ejemplo sacado del campo de la matemática: la prueba de Euclides la fininitud de los números primos. Los números «primos» son aquellos que son indivisibles, como el 3, el 17, el 23, etc. Sería lógico pensar que, a medida que se avanza en la serie numérica, los números primos serían cada vez menos frecuentes, que formarían una minoría ante los productos cada vez mayores de los números pequeños, hasta llegar finalmente a un número muy elevado que sería el primo más alto, el último número virgen.

Boceto para el decorado central de Fuenteovejuna de Alberto Sánchez

El teorema de Euclides demuestra de forma simple y elegante que esto no es cierto, que por más que ascendamos a regiones astronómicas siempre hallaremos números que no son resultado del producto de otros más pequeños, sino que han sido generados por conceptos inmaculados, por decirlo así. He aquí la demostración: tomemos la hipótesis de que P es el número primo más elevado; tomemos a continuación un número igual a 1 x 2 x 3 x 4 x … x P. Expresaremos este número mediante el signo (P!). Sumémosle ahora una unidad: resultará (P! + 1). Evidentemente, este número no es divisible por P o por cualquier otro menor que P, pues todos ellos están contenidos en (P!); luego (P! +1) es un número primo superior a P, o bien contiene un factor primo superior a P.Q.E.D.

La profunda satisfacción que sugiere esta demostración es tanto estética como intelectual: una especie de encanto con lo casi perfecto.



ABRE COMILLAS es una columna que recoge citas, transcripciones y fragmentos textuales en donde importantes actores reflexionan en torno a una producción cultural alternativa.

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