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Naji al-Ali y sus caricaturas irreductibles

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El caricaturista palestino Naji al-Ali fue asesinado hace 35 años. Su inquebrantable defensa de la causa palestina le hizo ganarse muchos y poderosos enemigos, pero también ha hecho que siga siendo admirado y querido en todo Oriente Medio y más allá.


De refugiado a caricaturista

Naji Salim Hussain al-Ali nació en 1937 en el pueblo de Al-Shajara, cerca de Nazaret, en la época del régimen colonial británico en Palestina. Como toda su generación, su infancia quedó irremediablemente marcada por la Nakba de 1948, que desarraigó a tres cuartas partes de la población palestina.

Al-Ali y su familia terminaron en Ain al-Hilweh, en el sur del Líbano. Tras pasar una temporada en el campo de Shatila, en Beirut, fue inevitable que el joven palestino desarrollara una conciencia política. Encarcelado en varias ocasiones, también descubrió la que sería su principal “arma”: los dibujos políticos.

Después de algunos trabajos ocasionales en fábricas, Naji al-Ali acabaría dedicándose por completo a sus caricaturas. Ghassan Kanafani, un renombrado escritor y periodista palestino que se convertiría en un gran amigo y camarada, comenzó a publicar sus trabajos en Al-Hurriya, el órgano de difusión del Movimiento Nacionalista Árabe (ANM), en 1961.

Su obra se hizo más prolífica después de trasladarse a Kuwait en 1963, al publicar en varios periódicos y revistas que iban desde líneas editoriales nacionalistas árabes hasta marxistas. A partir de la vida en los campos, al-Ali se empeñó en mostrar la realidad palestina al mundo árabe y a otros países. Su representación nunca edulcoró el sufrimiento y la desesperación generalizados. Sin embargo, el espíritu de su obra no es de impotencia, sino de desafío y dignidad.

Un personaje recurrente en sus dibujos es Fátima, una madre palestina, típica de una familia de refugiados, que encarna la pesada carga que llevan las mujeres en el exilio y en la resistencia contra la ocupación. De hecho, los derechos de la mujer eran un tema constante para al-Ali, que a menudo le enfrentaba a los gobernantes conservadores que se atrincheraron en Oriente Medio.

A través de los ojos de Handala

Fue en Kuwait donde Naji al-Ali ideó su personaje más conocido: Handala (o Hanthala). Handala, un niño harapiento y descalzo, siempre está de espaldas al público, como si invitara al lector a ser testigo de lo que ve. Representa a los palestinos más humildes, los condenados a los campos de refugiados, y lanza su aguda mirada sobre los que perpetúan su sufrimiento.

Handala observa la brutalidad de los colonos y pone al descubierto la naturaleza asesina del experimento sionista. Pero también expone la situación de los pueblos oprimidos de la región, ya sea por la opresión ejercida por los déspotas locales o por el mayor proveedor de violencia del mundo: Estados Unidos.

La Nakba palestina y las décadas posteriores coincidieron con la consolidación de regímenes retrógrados en gran parte de Oriente Medio y el Norte de África. Con el apoyo de Estados Unidos e Israel, este bando triunfaría en la lucha contra el nacionalismo árabe liderado por Nasser. Esta camarilla reaccionaria siempre estuvo dispuesta a sacar a relucir la causa palestina para aumentar su legitimidad, pero la traicionaba con el doble de entusiasmo si eso significaba ganarse la simpatía de Estados Unidos.

Como era de esperar, Naji al-Ali no se anduvo con rodeos a la hora de dibujar a los gobernantes árabes. Gordos, corruptos y serviles a Washington, su representación es acertadamente poco halagadora. Podían engañarse a sí mismos, podían engañar a la “comunidad internacional”. Pero el pueblo palestino no se dejaba engañar.

La verdad crea enemigos

“Las obras de Naji al-Ali eran como una brújula que siempre apuntaba hacia la Verdad; y esa verdad siempre será Palestina”. Estas fueron las palabras utilizadas por un amigo de al-Ali, el poeta iraquí Ahmad Matar, para describir su obra y su impacto.

Tras regresar al Líbano en la década de 1970, el caricaturista palestino se vería obligado a exiliarse de nuevo, por causa de la invasión israelí del Líbano en 1982 en su afán por aniquilar a la OLP. Al-Ali regresaría primero a Kuwait, donde trabajó para el diario Al Qabas. Pero su trabajo erizó demasiadas plumas de la élite árabe, por lo que fue expulsado de Kuwait y se trasladó a Londres en 1985 para trabajar en la edición internacional de Al Qabas.

Naji al-Ali tampoco escatimó en críticas a los dirigentes palestinos, ya que el movimiento hacia la acomodación se hizo cada vez más evidente, antes de tomar forma en los desastrosos Acuerdos de Oslo. Mientras que el alto mando de la OLP y sus patrocinadores árabes se mostraban partidarios de la conciliación, al-Ali se mantenía firme en la defensa del derecho del pueblo palestino a la autodeterminación por todos los métodos disponibles.

Al-Ali recibió un disparo en la cabeza el 22 de julio de 1987, cerca de la oficina de Al Qabas en Londres. Tras cinco semanas en coma, murió el 29 de agosto de 1987. Su asesinato sigue sin resolverse hasta el día de hoy, con muchas teorías plausibles teniendo en cuenta los enemigos que su inquebrantable labor le había granjeado. La detención de un estudiante palestino que resultó ser un agente del Mossad reveló que la agencia estaba –al menos– al tanto de los complots para asesinar al dibujante.

Resistencia con principios

Independientemente de quién quisiera silenciar definitivamente a Naji al-Ali, el plan fracasó estrepitosamente. Asad Abukhalil, profesor libanés-estadounidense de Ciencias Políticas en la Universidad Estatal de California, declaró a Utopix que el caricaturista es “omnipresente en las redes sociales”, y que mucha gente comparte su obra o la utiliza como avatar.

“Creo que existe una nostalgia por las posturas categóricas y de principios que él defendía”, explicó Abukhalil.

El analista de Oriente Medio añadió que la presencia de al-Ali es “complementaria” a la de Ghassan Kanafani, otra figura palestina que fue inquebrantable en su defensa de la causa palestina.

“Esos dos fueron verdaderos revolucionarios a los que los jóvenes de hoy admiran, porque siempre se opusieron a cualquier acuerdo con Israel, así como a cualquier acomodo con los gobiernos árabes”, resumió Abukhalil, quien destacó que Naji al-Ali también puso su mirada crítica en la OLP. “Kanafani fue asesinado en 1972, cuando la OLP estaba aún en sus inicios. En cambio, al-Ali vivió la experiencia de la OLP, la corrupción, la incompetencia, el ascenso del culto a la personalidad de Yasser Arafat. Fue testigo de todo aquello, lo despreció y lo dibujó”.

Las potencias occidentales, los representantes árabes y las fuerzas de ocupación sionistas pueden pensar que todo ha terminado. Sus escribas de los medios pueden intentar por todas las vías presentar la cuestión palestina como un gran malentendido. Pero no podrían estar más equivocados. Los principios y el compromiso revolucionario no mueren por el hecho de asesinar a íconos como Kanafani o al-Ali. La lucha continúa. Y Handala sigue observando.

Investigación y textos: Ricardo Vaz. Traducción: América Rodríguez. Diseño gráfico: Kael Abello.

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