Golpe de 2002: la victoria del pueblo

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Hace 20 años se consumó un golpe de Estado en Venezuela en contra del presidente democráticamente electo Hugo Chávez. A primera vista parecía un ejemplo más de un gobierno popular derrocado por las élites con el apoyo de Estados Unidos. Sin embargo, esta vez sería diferente. Un pueblo enardecido salió a las calles y en menos de 48 horas restauró la democracia.

Las acciones desestabilizadoras iniciaron el 11 de abril de 2002 cuando se convocó una gran marcha opositora con la consigna “Ni un paso atrás”, que llegaría a la sede del Gobierno en el Palacio de Miraflores, en Caracas. Allí se encontraron con el pueblo que defendía la Revolución Bolivariana. El escenario estaba montado.

El golpe ya estaba en curso hace tiempo. Había sido orquestado por la cúpula empresarial, sectores de la burguesía criolla, de la iglesia, militares y civiles. Todo con el beneplácito de Washington. Los medios de comunicación también asumieron un rol abiertamente golpista, preparando el terreno para hechos violentos con titulares como “La batalla final será en Miraflores.”

Todas las acciones violentas del 11 de abril fueron planificadas por la oposición para justificar el derrocamiento de Chávez. Francotiradores en los alrededores de Puente Llaguno dispararon sobre los dos bandos dejando 19 fallecidos y 118 heridos. Con una manipulación descarada de las imágenes, las televisoras privadas vendieron la idea que grupos chavistas habían disparado contra opositores, responsabilizando así al presidente por la violencia.

Crecían las tensiones y los llamados a que Chávez renunciara. La cúpula militar rodeó el palacio presidencial y amenazó bombardearlo. Esa noche, el primer mandatario fue secuestrado por los militares traidores y enviado a la isla La Orchilla, al norte de Caracas. El país entero desconocía su paradero.

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El 12 de abril, el general Lucas Rincón se dirigió al país para anunciar la supuesta renuncia de Chávez para así evitar más derramamiento de sangre, pero en realidad este se había rehusado firmemente a firmar la carta que los golpistas le habían preparado.

En Miraflores se instaló un “Gobierno de transición y unidad nacional” con el presidente de Fedecámaras, Pedro Carmona Estanga, coronándose como dictador. Mediante un decreto, se disolvieron los Poderes Públicos, la Constitución democráticamente aprobada de 1999 y las 49 leyes habilitantes decretadas por Chávez, entre ellas la Ley de Tierras, que protegía los derechos de los campesinos, y la Ley de Hidrocarburos. Esta última incrementaba del 1% al 33,33% los tributos que debían pagar transnacionales petroleras y fijaba en el 51% la participación mínima del Estado en empresas mixtas.

El gobierno golpista fue inmediatamente reconocido por el Gobierno de Estados Unidos. Pero ni el respaldo imperialista sería rival para un pueblo revolucionario y soberano. Las élites venezolanas, tan decadentes como mediocres, no escondían su júbilo. Pero la historia estaba lejos de terminar.

El tren ministerial y otros cuadros chavistas tuvieron que pasar a la clandestinidad, pero poco a poco corrió el mensaje: Chávez no había renunciado. La noche del 12 de abril, el pueblo de Caracas, sobre todo en los barrios, empezó a salir a las calles para protestar y exigir el regreso de su presidente.

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La dura represión no logró detener a las masas, y el 13 de abril más de un millón de personas rodearon el Palacio de Miraflores, exigiendo la salida de los golpistas y que volviera Chávez. Las recién auto-proclamadas autoridades estaban desorientadas, esto no estaba en sus planes. Mientras tanto en los medios de comunicación se ausentaron las noticias, transmitiendo solo música y dibujos animados, para que el público no se enterara de la reacción chavista.

En paralelo, los militares que aún eran leales a Chávez se lanzaron a la acción. En horas de la tarde, la guarda presidencial tomó nuevamente el palacio presidencial. Se empezaba a desmoronar el golpe. Con la llegada de ministros a Miraflores y con la televisión pública nuevamente al aire, el país se empezó a enterar de la realidad.

Derrotados y en schock, los líderes de extrema-derecha dispersaron. Los generales golpistas, rechazados por las bases en la Fuerza Armada, no tuvieron alternativa que liberar a Chávez. En la madrugada del 14 de abril, el líder revolucionario regresó a la sede del Gobierno, recibido con gritos de júbilo. En tres días, el pueblo venezolano derrotó el fascismo y la Revolución Bolivariana continuaría en pie de lucha.

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