Cuando Washington le declaró la guerra a Memín Pinguín

El 30 de junio de 2005, La Casa Blanca manifestó su firme oposición a la puesta en circulación de una serie de estampillas emitidas por el Servicio Postal Mexicano con la figura del personaje de historietas. En el tono intimidante reservado para los feroces dictadores que ponen en peligro la democracia y la libertad, el portavoz Scott McClellan, advirtió que «imágenes como esa no tienen cabida en el mundo moderno». «Los estereotipos raciales son ofensivos, no importa cuál sea su origen, y el Gobierno de México tiene que tenerlo en cuenta», agregó McClellan para justificar su intromisión en los asuntos internos de una nación soberana.


Steve Hadley, el jefe del Consejo de Seguridad Nacional, impulsado por la “gravedad” de la situación, se pronunció el mismo día: “Nuestra posición es que no hay lugar para este tipo de cosas. Es enteramente inapropiado, y lo hemos dejado claro”. Unos días más tarde el Congreso aprobó una resolución condenatoria sobre este tema y desde su trinchera en The Washington Post, Darry Fears, reportero especializado en temas raciales, se alineó con los intereses de su nación y enfrentó a Memín con una declaración principista:


“[La crítica a los timbres postales] no expresa la ignorancia cultural de los estadounidenses. Más bien refleja la ignorancia de los mexicanos sobre los afroestadounidenses en Estados Unidos y el desdén que en México tienen por los afroamericanos. ¿Acaso le han preguntado a ellos qué sienten al ver la estampilla? Seguramente están muy ofendidos”.


El escándalo fue propiciado por un cable de la agencia de noticias estadounidense Associated Press (AP) fechado el 29 de junio en la Ciudad de México, en el que su corresponsal se muestra consternado por la impresión de unas estampillas con la caricatura de Memín Pinguín. El asunto, magnificado y manipulado por la prensa de los Estados Unidos, se difundió ampliamente, incluso en las primeras planas de algunos de los periódicos más importantes del país. Estos denuncian una especie de Ku–Klux–Klan filatélico amparado por el gobierno mexicano, en una operación mediática para transferirle al país vecino las tensiones sociales propias de su racismo estructural.


La respuesta del pueblo mexicano no se hizo esperar. Al día siguiente de las declaraciones de los voceros del gobierno estadounidense, la gente se agolpaba mucho antes de que el edificio central de Correos, el Palacio Postal, abriera sus puertas. Las ventas batieron un récord histórico y las largas filas de compradores obligaron a que se abrieran 13 taquillas de atención al público, algo nunca antes visto. Todos buscaban los cinco sellos postales de Memín Pinguín que forman parte de una serie sobre ‘La caricatura en México’. Nadie parecía considerarlas ofensivas ni estar dispuesto a aceptar la supuesta “autoridad moral” del gobierno estadounidense para dictar cátedra acerca del racismo.


Memín, con su figura inspirada en los estereotipos del cine mudo y su madre Eufrosina, la MaLinda, cuya imagen deriva de Aunt Jemima, la reina de las panquecas, le propinaron entonces, de la mano del pueblo mexicano, una humillante derrota al país más poderoso (y más racista) de la tierra. El mismo que le arrebató más de la mitad de su territorio a México, y que pretendía negarle el derecho a emitir estampillas y celebrar su cultura popular.


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