Pan sí, pero también rosas

“¿Conoces mi teoría sobre nuestros uniformes? Nos hacen invisibles.” Estas son las palabras con las que Ruben inicia a Maya en el oficio de limpiadora, su primer día de trabajo en un gran edificio comercial de Los Ángeles. Sigue una escena en la que el empleado y la empleada están haciendo la limpieza a un ascensor, cuando dos ejecutivos pasan por encima de ellos sin prestarles atención. Tomado de la película de Ken Loach Bread and Roses (2000), el diálogo ilustra que la huelga subsiguiente tiene que ver tanto con el salario como con el respeto. El título de la película es un guiño a otra movilización de trabajadoras y trabajadores inmigrantes: la huelga de Pan y Rosas, que este mes cumple 110 años de su victorioso desenlace.

Todo comenzó el 11 de enero de 1912, cuando las y los trabajadores de la fábrica textil de la ciudad de Lawrence se sorprendieron al descubrir que sus sueldos habían sido recortados. Unas semanas antes, el estado de Massachusetts había decretado la reducción de la jornada laboral máxima de 56 a 54 horas semanales. Los empresarios trasladaron esta medida a los salarios de sus trabajadoras y trabajadores, lo que provocó un paro masivo: el 12 de enero, más de 10.000 personas, mujeres en su gran mayoría, abandonaron sus fábricas.

Sin embargo, esta mano de obra estaba mal organizada, en comparación con otros sectores industriales. Estaba formada en gran parte por mujeres, niñas y niños, la mayoría inmigrantes recién llegadas y llegados a Estados Unidos. Todos estos factores contribuyeron a dificultar la movilización ante la Federación Americana del Trabajo (AFL), el principal sindicato estadounidense de la época.

La AFL reclutó principalmente entre las y los trabajadores blancos más calificados y prestó poca atención a las nuevas oleadas de personas que llegaban, que reforzaron numéricamente al proletariado estadounidense. La mecanización en el sector textil permitió el empleo de una mano de obra poco calificada, procedente en su mayoría de la inmigración.

Las y los huelguistas de Lawrence se encontraban entre ellas y ellos y, naturalmente, acudieron a la Industrial Workers of the World (IWW) en busca de ayuda para organizar sus movilizaciones. A diferencia de la AFL, los “Wobblies” –apodo con el que se conocía a las y los activistas de la IWW– abogaban por un sindicalismo fabril y no de oficina, escapando así del corporativismo que ya asolaba a la gran central rival. Partidarias y partidarios de la acción directa, situaban la solidaridad entre las y los trabajadores en el centro de su lucha, independientemente de su origen o color de piel.

El paro se prolongó durante más de ocho semanas y se produjeron acontecimientos dramáticos, como el asesinato de un trabajador a manos de la policía. Algunas manifestaciones se convirtieron en disturbios, dejando varios cientos de personas heridas, y aumentaron las detenciones por parte de la policía local. Las dificultades a las que se enfrentaron las y los huelguistas fueron terribles, pero las redes de apoyo creadas por la IWW ayudaron a aliviar un poco la carga. Este fue el caso en particular durante el mes febrero, cuando más de un centenar de hijas e hijos de huelguistas fueron enviados a familias de Nueva York para que las cuidaran y los cuidaran durante la huelga.

Finalmente, el 12 de marzo de 1912, la patronal accedió a las reivindicaciones de las y los huelguistas y les garantizó la reincorporación al trabajo sin penalizaciones. Los salarios se incrementaron significativamente, y las y los trabajadores peor pagados recibieron un aumento del 25%.

A decir verdad, no hay pruebas formales de que el eslogan “pan y rosas” se utilizara durante la huelga de Lawrence. Fue el escritor socialista Upton Sinclair quien contribuyó a darle el nombre unos años más tarde, utilizando el título de un poema escrito en 1911 por James Oppenheim, que contiene los siguientes versos: “No sudaremos nuestras vidas desde el nacimiento hasta la muerte / Los corazones mueren de hambre tanto como los cuerpos / Dennos pan, pero dennos rosas!”

Estas palabras las cantan las mujeres de los mineros en huelga en la película británica Pride (Matthew Warchus, 2014). Prueba de que, desde las trabajadoras de Nueva Inglaterra hasta las minas de carbón de Gales y las limpiadoras de California, la lucha por el sustento es inseparable de la lucha por la dignidad.

El estallido de las trabajadoras textiles inició con la protesta de alrededor de 200 polacas, cuyos sueldos fueron reducidos aún más. En un arrebato de indignación, abandonaron la fábrica y al grito de “¡Todas afuera!” convocaron a sus compañeras a unirse a la lucha de calle, que duró 63 días. La industria quedó paralizada.

Con el apoyo de la confederación sindical Industrial Workers of the World y de diversos sectores de la sociedad, la huelga fue un éxito y los empresarios no tuvieron otra opción más que ceder a sus demandas. Las trabajadoras lograron un aumento salarial y una reducción de la jornada laboral. Una victoria feminista y obrera.

*L’Atelier – Histoire en mouvement (Atelier-Historia en movimiento) es una organización que milita para salvaguardar y difundir la memoria de las luchas por la emancipación de la clase obrera, de las mujeres y de los pueblos oprimidos. La creación del Atelier nace de la voluntad de desarrollar un enfoque diferente al propuesto por la historiografía dominante, para que las rebeliones de las y los oprimidos de ayer sigan viviendo en la memoria de las rebeliones de hoy en día, y para que el camino recorrido por estas luchas trace la senda hacia la emancipación de mañana.

Traducción: América Rodríguez. Ilustración: Hoàng Thó.

Fuente: Le Courrier

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